.jpg)
Microrelato (Ana María Shua)
Del salón en el ángulo oscuro, por su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo, releyendo las rimas de Bécquer, una tía lejana.
Hace 25 años viví durante un año en un pueblo de costa de los considerados "aristocráticos" dentro del universo turístico.
Un día paseando con alguien que había nacido allí, vi pasar a un hombre en una silla de ruedas de las que llevan motor acompañado por una mujer. Ambos debían rondar los cincuentaitantos años.
Entonces me contaron la historia que había escandalizado al pueblo tiempo atrás.
Él era el zapatero remendón del pueblo. Su oficio era el típico de muchos afectados por la polio en aquellos tiempos. Había llegado a Cataluña desde Andalucía hacía años. Yo recuerdo haberlo visto trabajar, siempre cantando coplas. Era muy alegre. Todo un personaje.
Ella era de lo que se suele llamar "de buena familia". La típica hermana soltera que vive sola, de aquellas que viven por y para los sobrinos, en sustitución de los hijos que nunca tuvieron.
Supongo que la historia fue así: Ella llevaría sus zapatos a arreglar al remendón cantarín, y entre tapas y medias suelas fueron simpatizando. Seguramente ella reía con las ocurrencias de él como no lo había hecho antes y pasó lo que tenía que pasar: Se puso el mundo por montera y se casó con él.
El sobrino nunca se lo perdonó y la gente del pueblo, a juzgar por el tonillo con el que me lo explicaron, tampoco.
Recuerdo que pensé que debían ser muy valientes para andar por la calle sabiéndose en el punto de mira de todo el mundo.
Me dijeron, también, que este sobrino, años antes, había enviado a Joan Manel Serrat un poema dedicado a su tía que éste utilizó para crear su canción La Tieta. El sobrino estaba doblemente enfadado. Con Serrat porque, según él, no le había reconocido la autoría de la idea de la canción, y con su tía, que hacía peligrar su herencia.
Olor a naftalina.





