martes, 20 de agosto de 2013

Lo que los muertos nos enseñan



















Hoy estuve en una casa muerta.  Una casa llena de despojos que son pálido reflejo de aquellos que un día allí vivieron.  
La que era el alma de aquel lugar murió de repente hace muchos años y quien se quedó allí, para entonces hacía tiempo que vivía en el purgatorio de los que han perdido la razón.  
Los locos ni viven ni están muertos.  Esa es la peor pesadilla que podemos imaginar:  La de existir en un cuerpo y una mente que ya no pertenecen al mundo de los cuerdos pero tampoco están en el limbo de los inocentes.  A ratos creen estar en el cielo y su vida se parece bastante a un infierno.
Cuando alguien así queda solo en una casa llena de duelo puede pasar que suelte todos los pájaros de su cabeza dentro de casa, que decida sacar de quicio a la puerta y la sustituya por la bañera, que propios y extraños esquilmen lo que haya quedado derecho en el desbarajuste y, finalmente, tal persona muera fuera de allí, ya que no podía vivir dentro.

La tristeza cubre todos los muebles, el suelo y los descabalados objetos que quedan con un polvo de años que deja los dedos negros.  Sólo quieres salir de allí, lavarte y que se vaya la pena por el sumidero.
Entonces te preguntas:  ¿Para qué? Si todo acaba en ese aire que no te atreves a respirar, en esa mezcla de tristeza y sentimiento de intromisión en la pena más honda y muda ¿Para qué dejar rastro?  ¿Qué lección nos dejan esos que acabaron la carrera antes que nosotros?  ¿Qué sentido tiene todo?
Sin embargo, yo he aprendido a amar a esos seres que he nombrado porque otros me han hablado de ellos con amor.  El cariño que demostraron a los demás los redime del olvido y con ello de la muerte última.  

En esos pensamientos he estado todo el día cuando he decidido ver, de una vez, "La Revuelta Permanente" de Lluís Llach. Y a vueltas con la muerte.  Yo recuerdo toda esa época, era uno o dos años menor que alguno de los chicos que murieron el 3 de marzo de 1976 en Vitoria Gasteiz.  
Ver la sucesión de los hechos, la razón por la que estaban luchando aquellos obreros, su arrojo y cómo acabó todo me hace pensar de nuevo:  ¿Para qué?

Esta vez sí.  Esta vez veo claro desde el primer momento.  Aquellos miles de personas que se refugiaron en la iglesia de San Francisco aquel día soleado y frío de final del invierno sabían lo que querían.  Luchaban por establecer algunos de los derechos que los empresarios y los actuales dirigentes políticos del mundo occidental están, treinta y siete años más tarde, desmantelando.  
Entonces venían del oscurantismo de una dictadura fascista que había durado 40 años.  De una guerra y una posguerra atroces.  Muchos sindicalistas, que no tenían más remedio que hacer proselitismo a escondidas, terminaban en la cárcel y los adolescentes, que habían escuchado de boca de sus padres, a media voz, lo que pasaba, salían a la calle a apoyar con su presencia las protestas.

Aquello acabó muy mal.  Hubieron muchos heridos y cinco muertos.  Llach cuenta en el documental que quiso denunciar con toda la rabia de que era capaz y maldecir con la misma rabia.  
Aquellos chicos fueron asesinados a bocajarro a la salida de una iglesia  que previamente había sido gaseada desde el exterior, y otros más fueron abatidos a la mañana siguiente.  de ahí salió "Campanades a morts", una canción sobrecogedora que no deja que se apague la memoria de quienes murieron y que no olvidemos a quienes fueron sus asesinos.

En España estamos entre la desesperación y el marasmo.  No venimos de una guerra, sino de un espejismo.  Creímos que éramos primer mundo, que éramos ricos, y es que habíamos leído demasiado el Hola.  Estuvimos confiados por encima de nuestras posibilidades.  Pero las hienas seguían ahí.

Así que hoy reaprendí dos cosas:  
Que cuando morimos nuestras cosas dejan de estar protegidas por nosotros y se convierten en estorbo, motivo de tristeza o botín, de manera que hemos de tener cuidado de no acumular aquello que no te puedes llevar al otro mundo.
Y que, aquellos que murieron por el bien común nos advierten que no nos durmamos. Que no tenemos por qué aguantar sin revolvernos.  Que estamos peor que entonces y ya no vale pensar en cuánto nos cundía el sueldo cuando, ahora, no hay sueldo ni esperanza.

miércoles, 19 de junio de 2013

Admiración versus desapego

Ilustración:  Angel Pantoja


admirar.
(Del lat. admirāri).

1. tr. Causar sorpresa la vista o consideración de algo extraordinario o inesperado.
2. tr. Ver, contemplar o considerar con estima o agrado especiales a alguien o algo que llaman la atención por cualidades juzgadas como extraordinarias. U. t. c. prnl.
3. tr. Tener en singular estimación a alguien o algo, juzgándolos sobresalientes y extraordinarios.
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Dejar de sorprenderse es empezar a morir.

Mirar y admirar.  Admirar y amar.


Seguramente es posible amar sin sentir admiración, pero para amar a una persona por encima de las demás es necesario un plus:  El asombro, el reconocimiento de lo que es desconocido, un añadido de orgullo de nuestra parte por tener relación con esa persona, nuestra suposición de que tal ser es un poco más bueno, más noble, más sincero y menos cabrón que el resto de los mortales.



Lo justo:  Ni más, ni menos. Una persona demasiado perfecta da grima, nos hace sentirnos unos gusanos y, por poco que tal persona esté informada de su perfección, la perderá en aras de su orgullo.  Y por otro lado, quien no busque la excelencia en una pequeñita parcela de su vida, la que sea, está condenado a la desidia más absoluta.

Necesitamos sentir que las personas a las que amamos, nuestras familias, nuestros amigos, nuestros profesores, son singulares, especiales, originales.  Que tienen aquello a lo que nosotros aspiramos, porque queremos impregnarnos de esas cualidades, que nos ayuden a ser mejores a nosotros mismos.  


La paradoja consiste en que deseamos ser aceptados tal cual somos, deseamos ser queridos incondicionalmente, no por lo que hacemos.  Pero, sin embargo,  nos sentimos defraudados cuando vemos un resquicio de defecto en ese baremo por el que habíamos sopesado la bondad del otro.  


Tenemos dos varas de medir, por más que nos pese y queramos dárnoslas de ecuánimes:  Deseamos ser queridos a pesar de nosotros mismos y buscamos, aunque sea imposible, la idealización en el, o la que tenemos enfrente.  


¿Y si perdiéramos el miedo a vivir la vida sin baremos, tablas y hojas de servicio?  ¿Y si reviviésemos cada día la locura del descubrimiento, la ingenuidad y la limpieza de corazón del que piensa que todo el mundo es bueno?


¿Y si perdiéramos el miedo a no ser queridos?  ¿Si arrostráramos la opinión del otro con la tranquilidad de que, quizá, no vamos a gustar?  ¿que no vamos a ser comprendidos, sin angustia?  Qué liberación sería esa.


Angel González, en su poema "Porque tú me imaginas" expresa esa dependencia de la opinión de quien le está mirando así:



Porque tú me imaginas 

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,

con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso. 


Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa.
Verán viva
mi carne,
pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita...


¿Cómo conseguir el desapego sin caer en el cinismo del descreimiento? ¿Cómo aceptar que no vamos a conseguir la perfección y asimismo dejar de exigírsela a los que nos acompañan en el camino, sin perder la ilusión?  ¿Cómo conseguir esa libertad interior?  

martes, 18 de junio de 2013

El color desvaído de la desilusión

Quien enemista a personas que se tenían afecto demuestra poca seguridad y un alma muy pequeña.  Quien malmete no se da cuenta de que eso se volverá contra él o ella.  Quien para salvar su culo es capaz de hacer que otro deje de ser querido es que no tiene dignidad ni corazón.

Puede seguir acusando para intentar salvarse, pero la sima ya está abierta. Se ha roto el encanto, se ha apagado la vela, la burbuja ha estallado, la luz se ha apagado.  El telón ha caído, la casa está vacía, Del pastel sólo hay migas, la fiesta ha terminado.

Aunque estén los presentes,la fiesta ha terminado.

Si seguirán juntos no se sabe.  Las expectativas son, ahora, del mismo color desvaído que las guirnaldas del jardín después de la tormenta y no queda más chispa que el brillo sucio de las botellas vacías que se apilan en un rincón

domingo, 16 de junio de 2013

...Y nos ha costado dios y ayuda llegar hasta aquí




Nos conocimos un miércoles
haciendo cola en el cine Arcadín.
Y nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

Le ofrecí un caramelo
una noche de San Medín.
Y nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

Una amiga muy amiga
venía demasiado a menudo.
Y nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

¿Quieres venir -le pregunté-
a conocer a mis padrinos?
Y nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

Y ahora ella lleva los niños al cole
i yo hago los platos de la noche.
Nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

Yo alimento a los periquitos,
ella riega el jardín.
Y nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

Yo siempre compro manchego
aunque ella es más de brie.
Y nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

Yo soy un fan de Astérix
y ella tiene todos los Tintín.
Nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

Prefiero que no hable
de su novio de París.
Que nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

Yo soy de bailar la conga,
ella se decanta más por el twist.
Nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

Yo digo "Eps! Un ron con cola!"
y ella quiere carta de vinos.
Y nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

Ella admira a Kiarostami
y yo soy más de Jacques Tati.
Nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

Yo ya sé dos o tres cosas,
ella ya sabe cuatro o cinco.
Que nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

Ella no deja que me rasque
cuando me pican los mosquitos.
Pero nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

Ella es reina de las fiestas,
yo soy un hombre aburrido.
Y nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

Yo la miro y temo,
no fuera que se cansara de mí.
Nos ha costado dios y ayuda
llegar hasta aquí.

lunes, 25 de febrero de 2013

-Ismos, -Istas o "Los de mi pueblo somos mejor"





-ismo.
(Del lat. -ismus, y este del gr. -ισμός).


1. suf. Forma sustantivos que suelen significar doctrinas, sistemas, escuelas o movimientos. Socialismo, platonismo, impresionismo.

2. suf. Indica actitudes. Egoísmo, individualismo, puritanismo.

3. suf. Designa actividades deportivas. Atletismo, alpinismo.

4. suf. Forma numerosos términos científicos. Tropismo, astigmatismo, leísmo.
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El primer modo de persuasión fue el garrote.  Después fueron viniendo otros tipos de control, como el tabú, las diferentes religiones, la filosofía, Maquiavelo y las madres o el concepto de honor de la famiglia.  Hoy en día conviven todos esos modos de presión, mezclándose y entretejiéndose pero, por encima de todos ellos, revolotea la sombra de la presión del grupo.

Si no quieres que te corran a boinazos en tu pueblo es necesario cumplir con lo que dicen el señor cura, el médico y el boticario.  Hay un carril por el que te puedes mover pero sin salirte de los márgenes, porque se vende el paquete completo.  No puede ser que seas de Villaarriba y no uses Fairy, esto es así.  Lo dan por hecho los de Villaarriba y también los de Villaabajo, aunque ellos son más del Mistol.

Todos los movimientos sociales que empezaron como un hálito de libertad ante el autoritarismo y la intransigencia han devenido con los años en una nueva fuente de normas que hay que acatar.  Es igual que seas de derechas o de izquierdas, del Madrid o del Barça, vegetariano o de Segovia:  Siempre habrá alguien que haya meado la farola para marcar el territorio, de manera que el que se mueve no sale en la foto, como decía Alfonso Guerra.

Así, volviendo a los Ismos, si tú te adscribes al comun-ismo, la inmensa mayoría de los comun-istas  sobreentenderán que eres ateo y solidario, mientras que los que no lo son tenderán a pensar que eres ateo, claro, y resentido, sin más.  
Si eres cristiano, "un buen cristiano", para precisar, tus correligionarios darán por hecho que eres humilde, heterosexual y antiabort-ista en cualquier caso, mientras que los no cristianos pensarán que eres inmisericorde en tu farise-ismo, homófobo, antiabort -ista en cualquier caso, fundamental-ista y resentido, cómo no.  
Si eres femin-ista, las demás feministas pensarás que te adscribes a su manera de entender  el femin-ismo, sea éste cual sea, y los/las que no lo son creerán, por supuesto, que las tales son unas resentidas y seguramente, frígidas.  

¿Por qué todo esto?
Pues porque es muy fácil generalizar, porque es más cómodo mantenerse en el grupo asumiendo el dogma sin cuestionarse las cosas.  
Porque, muchas veces, desconocemos a quien tenemos enfrente y no intentamos, siquiera, dar un paso para acercarnos y preguntar. Porque los prejuicios nos molestan cuando nos atañen, no cuando los blandimos contra el otro.
Porque, a muchos, parece que no les dejan mandar en su casa, así que necesitan influir en el club, asociación de vecinos, partido, iglesia o sociedad gastronómica al que pertenecen. El que sea.  La cuestión es que las ideas -las de ellos- queden claras.

Pero, por encima de todo, porque tenemos miedo.  Miedo al abismo que se abriría a nuestros pies si nos permitiéramos sentir o pensar de forma diferente, miedo si descubrimos que los otros no son tan malos como se les pinta, miedo al caos interior o a que, fuera del gueto, no haya tanto caos como nos han dicho.  Miedo, por último, a ser excluidos del grupo, al Ismo que más temen muchos: El ostrac-ismo.

Estamos hablando  del mundo de las ideas, ideales y dogmas.  En la práctica, somos todos paradojas con patas, algo cobardes, cínicos o todo junto.  Vamos, como el que es vegetariano sólo hasta que el jamón es del güeno, que los he visto yo.  
Y es que una cosa es predicar y otra dar trigo.  



domingo, 28 de octubre de 2012

Y se dio cuenta...




"La muerte jugando al ajedrez", mural de Albert Målare, en la Iglesia de Täby, Diócesis de Estocolmo



...de que se había comportado toda su vida como una onanista de la muerte.  Así que tomó una decisión:
Cambiar de amante imaginario.






Camina y no revientes.











Josechiyah



Aprender a decir adiós sintiéndolo como parte -y arte- de la vida.  No como un paso más hacia la muerte, sino como cambio tozudo,  invitación a ir hacia delante.

No importa si te gusta o no, si lo has elegido o te es impuesto.  La realidad es muy tozuda y es indiferente a lo que tú sientes.  No importa si es justo o injusto, porque la historia siempre la escriben los que se creen vencedores.  Así que no te emperres en luchar contra lo que no hay.  Hay lo que hay y ha dejado de haber lo que fue.  O lo que tú crees que fue.

Ya no reconoces a los que consideraste íntimos.  Tienes que admitir de una vez por todas que ellos ya hicieron borrón y cuenta nueva hace tiempo.  Por eso no funcionaban ya los intentos de comunicación y te encontrabas perplejo después de una conversación telefónica, por ejemplo.

No te asomes más a su mundo, no busques, que nada se te ha perdido allí.

También ellos se han perdido algo.  Si tú crees muchas veces que el victimismo -esa cosa de mal gusto, tan poco elegante- ha estado demasiado presente en tu vida, piensa que también ha podido hacer mella en ellos.

Esto es lo que hay.  Ahora, camina y no revientes.

sábado, 20 de octubre de 2012

Sherezade sin nada que contar




A Sherezade se le ahogaron las palabras.

Siempre había sido una cuentista.  O una cuentera.  O...  ¿Cómo decirlo sin estar diciendo al mismo tiempo que era mentirosa?  Porque no lo era, no.  Quizá sea una cuestión de artículo:  No es lo mismo decir "fulanito es un cuentista" que "fulanito es cuentista".

El caso es que Shere siempre había sabido encandilar a quien se le pusiera por delante.  Cuando era pequeña no era muy juguetona.  No en sentido físico.  Ella siempre había jugado con las palabras.  Las juntaba, cambiaba el orden, las repetía con sonsonete, las cantaba...  Tenía una voz bien modulada y lo sabía.

Ella notaba que era escuchada porque, cuando hablaba, los demás no quitaban los ojos de su cara, la seguían en sus gestos y dejaban traslucir sus sentimientos sin darse cuenta de que estaban mostrando su alma ante ella.  Shere también dejaba ir mucho de sí misma mientras contaba lo que contaba, pero nunca dejaba de observarlos a ellos y sus reacciones.  Nunca utilizó su don para mal, no era maquiavélica.  Era capaz de decir barbaridades si se enfadaba, sí, pero cuando uno está enfadado no está para cuentos, eso todo el mundo lo puede entender.


Ese don le sirvió para entretener a niños, enamorar a hombres, conseguir que otras mujeres no la viesen como una amenaza, la ayudó a calmar miedos, dar ánimos y crear seguridad.

Mientras las palabras fluyeron en su justa medida de su cabeza a su boca, pasando por su corazón, todo fue bien.  Eran como un río, a veces caudaloso y lleno de remolinos y saltos, otras veces un riachuelo que se podía cruzar sin peligro.  Pero siempre fluyendo.

Sin embargo, todo cambió cuando vinieron las lluvias.  O los lloros.  En la vida de las personas hay épocas tormentosas que producen muchos daños.  Eso le pasó a Sherezade, la cuentista.  En su cabeza empezaron a acumularse los árboles caídos del dolor, los desechos que dejaron las afrentas no perdonadas, los desaires en forma de trapos a la deriva y el desorden de todo ello hizo que las aguas se enturbiaran, se embarraran,  se acumularan y todo lo anegaran.

Si hubiese podido decir lo que sentía, dejando que se posaran los lodos, sus palabras quizá hubieran sido fáciles de entender, hubiera podido limpiar el fondo del cauce y todo hubiese vuelto a la normalidad.  Pero no.  Ni encontraba las palabras justas ni sus oyentes se habían quedado a ver cómo llovía.  Cada cuál fue a guarecerse del chaparrón como mejor pudo y ella se quedó allí, empapada e impotente.

Ahora, después de que el sol del verano haya secado sus ropas, rebusca entre el barro y en silencio algo de su antiguo saber.  Un poco de agua limpia, quizá, en un cazo que quedó milagrosamente a salvo del desastre, un poco de agua para aclarar la voz.  Después buscará una fuente en la montaña, dejando atrás la zona devastada y sus antiguas historias, se lavará bien y se pondrá en camino.

Sherezade no sabe adónde va.  Deberá aprender otra vez las palabras -no sabe con qué acento- pero confía en que serán pulidas, brillantes y llenas de un significado nuevo.  Volverán entonces a fluir libremente, unas veces formando un ancho caudal y otras un arroyo casi seco, e intentará limpiar el cauce de vez en cuando para que nunca más, nunca, vuelvan a estancarse y ensuciarse las palabras en su cabeza.  Volverán a pasar por su corazón y quién sabe si quizá, alguna vez, un sediento podrá saciar su sed de ser comprendido a través del espejo que son los cuentos y las historias contadas con amor y oficio.

viernes, 10 de agosto de 2012

Qué bueno que viniste.


Cuando el frío, el pariente pesado, el presupuesto para el mes, la ropa que ahora no nos entra, el calor y la perra crisis entran por la puerta de nuestra vida, por las rendijas de nuestras ventanas se escapan la ilusión de los primeros tiempos, el deseo que nos empuja a vivir y las fuerzas para seguir soñando.

Quiero hoy, querida mía, darte las razones por las que quiero seguir caminando a tu lado, codo con codo y a nuestro propio ritmo.  
A lo mejor te parece que no son razones muy trascendentes las que te voy a dar, pero las cosas pequeñas son las que más importan al final.  Por cosas intrascendentes vivimos, morimos y matamos. De manera que tiene, cada una de esas intrascendencias , un peso específico decisivo que hace que cada día te quiera más.
Voy a ello.


Te quiero porque eres muy divertida; nadie me ha hecho reír tanto como tú en toda mi vida.

Te quiero porque eres pelirroja de corazón.

Te quiero porque me gustan tus manos, tan largas y finas.  Me gusta observar cómo las mueves.

Te quiero porque, muy aplicada tú, te arremangas y te metes en faena cada mes para vigilar nuestras cuentas  y que no se vayan por los cerros de Úbeda.

Te quiero porque me haces café por las mañanas.  

Te quiero por ese par de dientes descarriadillos que hacen tu sonrisa tan única y golosa.

Te quiero porque eres una chica muy mayor pero todavía hablas de tu yaya con el cariño y la veneración que te despertaba a los nueve años.

Te quiero porque te admiro intelectualmente.  Poca gente de tu edad tiene tu cultura y sabe tanto de tantas cosas.

Te quiero porque me agradeces que te de comer incluso cuando lo que he cocinado resulte, un día, insulso.

Te quiero porque, a pesar de tener una mala salud de hierro, no permites que el dolor te gane la partida.

Te quiero porque andar con bastón te da un porte -algo inglés- elegante y un tanto extravagante, que me pone mucho.

Te quiero porque te has revelado como la mujer fuerte de la relación.  Eres el báculo en el que puedo apoyarme.

Te quiero porque las piernas te llegan al ombligo.  Eres mi Cyd Charisse particular.

Te quiero porque sabes llevarme bailando.

Te quiero porque quieres bien a aquellas que son el otro eje de mi vida,

Te quiero de frente, de perfil y de espaldas.  Me gusta observarte cuando no te das cuenta para empaparme de ti.

Te quiero cuando me quieres más de lo que me quiero yo.

Te quiero porque me gusta tu olor.

Te quiero porque me has acompañado en momentos muy difíciles de mi vida.

Te quiero porque sentarme a tu lado en el sofá y compartir la manta es hacer hogar.

Te quiero porque planeamos levantar el vuelo en busca de la primavera.

Te quiero porque haberte encontrado es haber llegado, por fin, a casa.

Te quiero de una manera que trasciende mis miedos, mis corazas, mis reticencias antiguas, mis costumbres y mis anteriores convicciones.  
Todo se hizo trizas el día que empecé a quererte y nada ha vuelto a ser igual. 

Mira si eres intrascendentemente trascendental.

Feliz cumpleaños, amor mío.  Qué bueno que viniste.




sábado, 30 de junio de 2012

Mejor me callo












Dino valls



Ante las múltiples opiniones que se excluyen mutuamente
mejor me callo.

Ante la posibilidad de estar siendo injusta
mejor me callo.

Ante la inutilidad de darse a conocer
mejor me callo.

Ante el peligro de ser desleal
mejor me callo.

Ante la imposibilidad de hacerme entender
mejor me callo.

Ante los propios errores por hablar demasiado
mejor me callo.

Ante el dolor que siento y nadie va a comprender
mejor me callo.

Ante la desprotección por haber contado demasiado
mejor me callo.

Ante la alta probabilidad de que se vuelva a liar
mejor me callo.

Ante la frustación de ver que todo se repite como en un mal sueño
mejor me callo.

Porque cuanto menos sepan menos vulnerable de ser herida seré,
cuanto menos abra la boca, menos daño haré.  Porque las palabras son un peligro, porque no soy más que un ser diminuto en un espacio y en un instante mínimos.

¿Qué importancia tiene lo que yo diga, mi opinión o mi sentimiento?
Dentro de unos años nadie se acordará de mi cara, mucho menos de lo que yo decía.  Seré una sombra borrosa.  Ni siquiera ahora hay tanta gente a quien le importe.

Pues ¿para qué tomarse el trabajo de dejar bien clara mi postura?
Llega a ser ridículo si lo piensas un poco.

domingo, 25 de marzo de 2012

Esto es un batiburrillo-spoiler.



De Wikipedia:
"De acuerdo con la tradición religiosa judeocristiana, el alma (heb. נמהש, néfeschgr. ψυχή, psykhḗ) es la principal cualidad identificatoria del movimiento en la materia viviente, haciendo de ella un no-moviente (inerte) a un moviente, independiente del desplazamiento ajeno.


No sé si voy a publicar esto pero lo escribo.

Parece muy cenizo eso de escribir sobre la muerte, pero acabo de ver EVA, la película De Kike Maíllo.  "La película de ciencia ficción para aquellos a los que no les gustan las películas de ciencia ficción", tal como la anuncian.  Si aún no la has visto y quieres hacerlo no sigas leyendo.

Es una película donde la verdad juega al escondite:  Robots cuyo cuerpo es el recipiente de un alma creada por un individuo que conforma y al mismo tiempo analiza su creación...  Constantes referencias tácitas a la paternidad de un ser ambiguo, que juega con cierta perversidad infantil o infantil perversidad, según se mire...  Hermanos que se dan abrazos por no darse de hostias, hasta que se dan de hostias...  Historias de amor larvadas, coches eléctricos con la estética de los utilitarios sin presunción de mediados del siglo pasado, personajes vestidos como en la Alemania de esos años, bebiendo café en tazas de la época cuando se supone que estamos a mitad del siglo XXI...   Un mayordomo perfecto del que no dejas de pensar, como es natural,  si no será el malo o un esbirro del que tú crees que será el malo...
Se ve como peligrosa una emotividad no adecuada al medio, y no se está programado para el libre albedrío, que podría traer demasiados desordenes...  Y todo esto en un medio a escala humana, donde el frío no viene de espacios diseñados por Santiago Calatrava, sino por el hecho de que es invierno y nieva.  Todo ello en un entorno en el que no se ven móviles, pero la gente fuma.  Y mucho.

Al final no hay buenos y malos.  Toda conducta humana tiene una razón de ser y un por qué, y hay que tomar decisiones difíciles.  Como en la vida misma.

He dicho que iba a escribir sobre la muerte.  Es consustancial a la vida.  Unos piensan que unos dedos omnipotentes, con más o menos simpatía o empatía hacia nosotros, enmarañan y desenmarañan la madeja de nuestra vida y deciden en qué momento cortar el cabo.  Se habla del Hado, del destino, de la predestinación.  Se ve como algo accidental, cuando sólo hay algo seguro en esta vida:  Vamos a morir.

El ser más brillante de esta historia ha de morir.  Lo sabe, no hay solución.  Llora, quizá, porque no sabe lo que pasa después, le cuesta desasirse de aquel a quien quiere, pero sabe que es inminente.  Cuando nos paramos a pensar en la muerte como un paso natural, llegada a su hora -es decir, sin violencia de ningún tipo, sin autolisis ni encarnizamiento terapéutico, y sin dolor físico ni moral- en esos casos, se vive un estado de paz que afecta a quien se va y a quienes le acompañan para despedirle.

Ése quiero que sea mi caso y si no, simplemente me evadiré y me iré muriendo como buenamente pueda y a mi aire.  Pero mi momento no me lo quita nadie.  Porque no se muere una cada semana ni cada mes.  Ni siquiera cada año.  Y no escribo esto porque esté triste ni desanimada.  Tampoco deseo que el momento llegue pronto.  Tengo un compromiso por varias décadas con una persona encantadora que me ha liado para muchos años. Pero va a llegar, la muerte, y quiero que no sea traumático para mí ni para quien esté a mi lado.

Por cierto:  ¿Qué ves cuando cierras los ojos?

domingo, 20 de noviembre de 2011

Ya no vivo en Anhedonia.










Anhedonia es un no-lugar.

No hace frío ni calor.  No es silencioso, pero ni aún tu voz suena clara.  Ni que decir tiene, que las voces de los demás no logran hacerse entender.
No existe un horizonte, por tanto no hay una meta ni un camino cierto.  No te puedes ubicar, porque no hay ningún punto de referencia.  Pero eso no significa que transitar por Anhedonia sea tarea fácil.  Aunque no sepas hacia donde ir, ni si hay siquiera una salida, levantas los pies, pero no puedes avanzar.  Están hundidos en un farragoso mar de arena formado por la erosión de rencores, esperanzas, anhelos que se autoproclaman imposibles y recuerdos del pasado, todo ello desgastado por el uso y abuso, por el roce que los ha ido haciendo cada vez más pequeñitos, más resbaladizos y más indescifrables.
El tiempo está suspendido en un instante anodino y no por ello carente de cierta agonía, porque no pasa ni te acerca a la vida ni a la muerte.

Eso es.  Ni estás vivo ni estás muerto.

Pero de golpe una sacudida te conmueve y sientes un dolor muy fuerte.  Te ahogas en tu dolor.  No puedes respirar y te desgarras o se desgarra el pellejo que contenía esa espesa y pesada nada que te envolvía y te conformaba.

¡Qué placer sentir ese dolor!  ¡Qué sorpresa, ver que puedes romper a llorar por fin!  Ese mar de arena se va vaciando por el desgarro y no dejas de llorar en días.  Ya no hay más vacío, se te rompe el pecho mientras compruebas que estar viva duele. Eso te da la risa floja, y ríes con la cara mojada.  ¡Y resulta placentero también reír!

Y el tiempo se sucede, y sabes que un día morirás, pero no ahora.  Y tus ojos ya se han lavado y dejan ver, por fin, que hay alguien ahí dentro.  Y es un alivio para ti y para quien intentaba acompañarte, como si eso hubiese sido posible.

Y aceptas el regalo de sentir.  Lo que sea, lo que traiga la vida, pero sentir.  Qué descanso.





jueves, 10 de noviembre de 2011

El Fabricante de Mentiras o Difama que algo queda.
















"El era un fabricante de mentiras,
Tenía las historias de cartón.
Su vida era una fábula de lata,
Sus ojos eran luces de neón.
Y nunca tengas fe,
Que sus mentiras pueden traer dolor."


Sui Generis.
Se supone que era un hombre, pero tenía la maldad de las mujeres malas, de las brujas maledicientes de su familia.   Se supone que era un señor, pero no había heredado la bonhomía ruda de su padre, sino las mañas hipócritas de aquellas víboras.  No importa que él mismo hubiera sufrido sus maldades domésticas.  Era igual que ellas.


Hablaba de honor mancillado y no se acordaba de sus ladillas de cuerpo y mente.   Hacía mal los deberes de matemáticas a sabiendas y sin embargo hablaba alegremente de robos.  No importaba que él se hubiese apropiado impunemente del nombre de alguien y lo hubiese arrastrado hasta hacerlo parecer irreconocible.  Es ruin difamar a quien no se puede defender y acusar de interesado a quien nunca fue materialista.  


Hay maldades de guante blanco que parece que nunca serán desenmascaradas.  


Aún peor:  Hay personas dispuestas a creerse todo lo que les dicen, que más o menos conscientemente corren un velo sobre su memoria y por comodidad, interés o ellas sabrán qué razones, deciden reescribir la Historia.


Eso es aún más doloroso e indignante.